Poesía: El reloj de arena de Jorge Luis Borges

“Las edades y la muerte” de Hans Baldung.

Está bien que se mida con la dura

Sombra que una columna en el estío

Arroja o con el agua de aquel río

En que Heráclito vio nuestra locura

 

El tiempo, ya que al tiempo y al destino

Se parecen los dos: la imponderable

Sombra diurna y el curso irrevocable

Del agua que prosigue su camino.

 

Está bien, pero el tiempo en los desiertos

Otra substancia halló, suave y pesada,

Que parece haber sido imaginada

Para medir el tiempo de los muertos.

 

Surge así el alegórico instrumento

De los grabados de los diccionarios,

La pieza que los grises anticuarios

Relegarán al mundo ceniciento

 

Del alfil desparejo, de la espada

Inerme, del borroso telescopio,

Del sándalo mordido por el opio

Del polvo, del azar y de la nada.

 

¿Quién no se ha demorado ante el severo

Y tétrico instrumento que acompaña

En la diestra del dios a la guadaña

Y cuyas líneas repitió Durero?

 

Por el ápice abierto el cono inverso

Deja caer la cautelosa arena,

Oro gradual que se desprende y llena

El cóncavo cristal de su universo.

 

Hay un agrado en observar la arcana

Arena que resbala y que declina

Y, a punto de caer, se arremolina

Con una prisa que es del todo humana.

La arena de los ciclos es la misma

E infinita es la historia de la arena;

Así, bajo tus dichas o tu pena,

La invulnerable eternidad se abisma.

 

No se detiene nunca la caída

Yo me desangro, no el cristal. El rito

De decantar la arena es infinito

Y con la arena se nos va la vida.

 

En los minutos de la arena creo

Sentir el tiempo cósmico: la historia

Que encierra en sus espejos la memoria

O que ha disuelto el mágico Leteo.

 

El pilar de humo y el pilar de fuego,

Cartago y Roma y su apretada guerra,

Simón Mago, los siete pies de tierra

Que el rey sajón ofrece al rey noruego,

 

Todo lo arrastra y pierde este incansable

Hilo sutil de arena numerosa.

No he de salvarme yo, fortuita cosa

De tiempo, que es materia deleznable.

 

“Las edades y la muerte” se trata de un cuadro del pintor alemán renacentista, Hans Baldung. Fue discípulo de Alberto Durero (el pintor más famoso del renacimiento alemán) y logró dotar a sus obras de un estilo muy marcado y personal, en especial a sus alegorías, entre las que se encuentra el cuadro mencionado. Dicho cuadro fue un regalo, junto con “La Armonia” o “Las tres Gracias”, del Conde de Solms a Juan de Ligne, que fueron compradas posteriormente por Felipe II para su colección privada, permaneciendo así en España en el Palacio Real, hasta que Fernando VII se deshizo de la colección completa entregándola al Museo del Prado en 1814, donde hoy en día se encuentran.

En la obra podemos ver a La Muerte con un reloj de arena cogiendo del brazo a una anciana que trata de arrastrar con ella a una joven en la plenitud de su belleza. Mientras, en el suelo, bajo la lanza de la muerte, hay un bebé dormido y al otro lado una lechuza. Todo esto aparece enmarcado en un escenario desértico, desolado, infernal, cuyo único rayo de esperanza aparece representado flotando en el cielo: Cristo y una cruz en el sol.

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